17 febrero 2017

 

Justicia e Injusticia

“Reclamar más justicia para la justicia no parece ser nuevo en esta España maltratada en el que todos los movimientos sociales tienen su propia idea de la justicia, cuando la justicia debiera ser una y sin resquicios.”

 

Hay días que aunque no tenga ánimo de escribir los hechos te empujan a hacerlo en este medio que al ser mío escribo para mi,  con el ánimo que me dicta el cuerpo.

Acaban de dictar la sentencia en el caso Noos y no soy yo quien diga cuanto nos ha costado a todos los españoles semejante puesta en escena para enjuiciar hechos probados por activa y por pasiva, por delante y por detrás en los que no han aparecido todos los que deberían haber estado ante el juez pero si me atrevo a decir que posiblemente la sociedad no se merezca ni la sentencia dictada en primera instancia ni este trato exquisito a los imputados/investigados.

Si nos remontamos años atrás podemos ver que la situación en la que quedó el país tras el desastre colonial de 1898 hacía inaplazable un replanteamiento radical de la administración de justicia, órgano  que fuera “quizás el más dañado de nuestra vida nacional”, tras “cuatro inacabables y espantosos siglos” de continua “perversión” de la justicia, temida sólo por los “virtuosos y pacíficos” ciudadanos y hazmerreir de “pícaros,maleantes y enredadores”.

El regeneracionista Macías Picavea, que recomendara como acción civilizada la desobediencia civil, acuñó la idea de que era necesario conseguir que la justicia llegue  a ser un auténtico poder, capaz de “meter en chirona” a un cacique o a un ministro si viene al caso.

Reclamar más justicia para la justicia no parece ser nuevo en esta España maltratada en el que todos los movimientos sociales tienen su propia idea de la justicia, cuando la justicia debiera ser una y sin resquicios. Lograr la verdadera independencia judicial fue y es una pieza clave del proceso que se iniciara con la Constitución y que en los múltiples casos en los que los enjuiciados pertenecen a la élite social se aprecia como la justicia resbala una y otra vez hasta darse de bruces contra el suelo; eso le pasa a la justicia por ser ciega.

Que los jueces garanticen su independencia no es tarea fácil cuando el resto de poderes contaminan con maniobras orquestadas, luz y taquígrafos la acción que la sociedad espera para que se les trate como al resto; definitivamente la justicia no es igual para todos, un agravio de primera magnitud difícil de explicar y más difícil de soportar.

La existencia de asociaciones de jueces que se declaran ideológicamente próximas a partidos políticos, o el propio Tribunal Constitucional  con un sistema de elección sometido a los intereses de órganos politizados acaba por generar una imagen política de sus sentencias  y una sensación social de “secuestro” y “dependencia” ideológica  respecto de los partidos políticos que han intervenido y propiciado su designación como magistrados.

La justicia simplemente no funciona con la libertad exigida por una sociedad cada vez más crítica con quienes controlan los órganos de poder y que la modelan una y otra vez conforme a sus intereses.

La salud democrática se ve medida una y otra vez por golpes de efecto que deben cumplir con las expectativas que la sociedad tiene idealizada de un mecanismo que debiera funcionar perfecto y que al sufrir continuos golpes terminará quebrándose, porque además de que los malos salen indemnes, encima se enriquecen.

Mariano Avilés- Jurista